Las ciudades como los hombres sueñan con la inmortalidad. Desdichadas aquellas ciudades que no pueden hacer sonar las campanas por sus héroes, sus poetas o sus vendimias. Montilla puede coronarse de pámpanos y laureles porque dio al universo no una gloria, sino dos: un capitán de los viñadores y un príncipe de los vinos. Otras ciudades reclaman ser la cuna de Gonzalo Fernández de Córdoba, y otros finos, que copiaron la palidez y la generosidad del montilla, se consumen en muchas partes del mundo, pero el capitán y el montilla, aquí nacieron y aquí se criaron.
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Confiemos siempre en el vino de la sabiduría de Séneca, el de la victoria de Garellano el de la melancolía de Manolete, en el vino del éxodo y el viento en el que ha llenado de luz tantos amaneceres cuando las coplas y las guitarras hieren el corazón.

                  Estas palabras están dedicadas a los hombres y a las mujeres, a las tierras y a los vientos, a los trabajos y los días, que hicieron de este vino y de esta villa un recuerdo inmortal cuando las coplas y las guitarras hieren el corazón. Viva el vino de Montilla.