Hubo un tiempo en que hasta la Naturaleza era sobrenatural. El viejo Tales veía a su alrededor, por donde quiera, dioses. Uno de los más imperiosos era el vino. En la apasionada cosmogonía, donde lo material y lo espiritual no andaban disociados, sino como unos hermanos siameses cuyo nombre era todo, los dioses representaban la quintaesencia de cada actitud, de cada deseo, de cada rama de ese todo. Dyonisos -después Baco- no fue dios del vino: fue la personificación del vino mismo. El vino fue divino. Y luchó, con no poco éxito, frente a otra divinidad, que personificaba lo sosegado, lo sereno, lo reflexivo: Febo -después  Apolo-. Tanto es así, que desde entonces, entre lo apolíneo y lo dionisíaco se han repartido los hombres, los pueblos, las edades, las razas. Ellas son las dos posturas más antagónicas que existen: una, la línea recta, la compostura, la reflexión, el distanciamiento, la interrogación, la sobriedad; otra, la curva, el frenesí, la inconsciencia, la intuición, el rito, la ebriedad. Yo, que pertenezco a la primera, siempre he tenido -naturalmente- la tentación de la segunda. Por eso escribo estas palabras.