Esta campiña cordobesa en la que hoy nos hallamos ha sido testigo, a lo largo de la historia, de muchas y singulares justas entre culturas y religiones que han producido su realidad actual, y cuyo emblema solemne y, en cierta medida aterrador, reside más que en ninguna parte en la conversión de la mezquita de Abderramán y Alaquem en catedral votiva de la cristiandad. Pero ni siquiera las leyes del Profeta pudieron aniquilar, durante la larga y esplendorosa dominación árabe de estas tierras, la antigua costumbre del cultivo de la vid y la fabricación de mostos, cuyo origen se sitúa en las etapas previas a la dominación romana. Este es el fértil llano que exaltara don Luis de Góngora en su soneto a Córdoba, cruce de geografías y de influencias, romanas, godas, árabes, judías, coronadas incluso por el ultramarino acento de Garcilaso. El Inca historiador de las Indias vino a recalar en el cobijo de esta villa después de sufrir el rechazo y las dificultades de la corte, donde "la invidia su venenoso diente cebar suele", en palabras del monumental poeta antes citado. Víctima de la intransigencia centralista, y quién sabe si de un  incierto racismo del poder, instaló aquí sus reales el de Cuzco, dando fe una vez más con su presencia de la naturaleza tolerante de esta tierra, patria de Séneca y de Maimónides, en la que las tres religiones del libro convivieron pacíficamente durante siglos. De manera que es lícito pensar que fue también la tolerancia, y no la depravación, lo que llevó a los califas cordobeses a eludir la ley seca de Mahoma, hasta el punto de que Alaquem I, según cuenta Antonio Muñoz Molina en su espléndido libro sobre Córdoba, se embriagaba con mucha mayor frecuencia que la que asistía a la mezquita.